El tan esperado viaje de egresados había llegado. Tuve que despertar muy temprano para ir hasta la escuela donde nos pasaba a buscar el colectivo. Se podía sentir la tención en el grupo ya que al ser pocos los que viajábamos nos tocaba compartir viaje con alumnos de otras escuelas, pero resultaron ser muy simpáticos y las 24 horas de viaje se hicieron muy amenas. Desperté con el sonido de los gritos de los coordinadores, avisando que ya estábamos en Bariloche, acto seguido todos comenzaron a demostrar su alegría gritando. El registro en el hotel fue un caos, dividiendo los compañeros de habitaciones me pareció regresar al primer año de secundaria donde 50 alumnos querían ir al mismo salón. Fue un desastre pero luego de unos extensos 40 minutos pude tomar la llave, que curiosamente era una tarjeta, y dirigirme junto con mi compañera a mi habitación. Ninguna de las dos habíamos hablado antes de comenzar el viaje, aún así logramos congeniar.
Más tarde nos pidieron bajar a la sala de recepción para notificarnos del itinerario y luego comenzar con las primeras excursiones.
Lo primero en la lista fue buscar los trajes de nieve, todos nos ilusionamos pensando que nos llevarían al cerro para conocer la nieve, pero no fue así. Después de registrar cada traje a nuestro nombre recorrimos las zonas más icónicas de la ciudad, nunca creí enamorarme de tal manera de un lugar, no hay palabras para describir lo bello que es Bariloche. Puedo atreverme a decir que es de esas ciudades que no podes dejar de visitar antes de morir, solo en ese momento entendí porque las personas luego del viaje de egresados deciden volver con sus familias o amigos. Sus calles tan limpias y con adoquines, sus casas antiguas y pintorescas, su gente tan amable y receptiva a los turistas, las vistas al río y las montañas nevadas, la gran cantidad de vegetación y ese aroma a naturaleza, todo era cautivante.
Ya de nuevo en el hotel, decidí recostarme en la cama para descansar los pies. Luego de unos gloriosos 20 minutos, donde mis pies se sintieron en el paraíso nos arruinaron la tranquilidad diciendo que deberíamos bajar a cenar y más tarde, prepararnos para ir a una fiesta. Nunca fui muy fanática del mundo del entretenimiento nocturno pero qué más da, es Bariloche y hay que disfrutarlo.
Llegamos al lugar y me sorprendió ver tantas personas amontonadas frente a gran escenario donde tocaba una banda, que dios sabrá cómo se llamaban, dando saltos y gritando. Después de esa terrible escena, me plantee la idea de hacer un documental investigando la vida nocturna, porque en mi mente no encontraba lógica alguna en ese comportamiento. Los chicos decidieron sentarse cerca de la barra y mis pies no encontraron manera de agradecerles tal acto. Para desgracia suya el lugar no vendía bebidas alcohólicas, lo cual era normal ya que la gran mayoría no era mayor de edad aún. Luego de una extraña noche, llegué al hotel agotada y me desanimó aún más saber que al día siguiente, que técnicamente ya lo era, debería despertar temprano.
Era el día dos en esa maravillosa ciudad y nos esperaba una excelente tarde en un lugar de juegos recreativos. Era todo tan campestre que la mayoría se desanimó a penas entramos, para mí fue tan familiar que hasta me emocionó saber que daríamos un paseo a caballo. El sitio estaba divido por grandes troncos y en cada uno de los cuadrados que formaban había una actividad distinta. Estaba rodeado por arboles y contaba con un sendero que tenía vistas increíbles a una pequeña cascada, el lago y las montañas. En el centro del predio había una gran cabaña salida de un cuento donde luego almorzaríamos.
Fue una tarde entretenida donde nos golpeamos con almohadas, nos tiramos agua, creamos alianzas para competir con otros egresados y dejarles claro quién era el mejor grupo. Cuando volví al hotel estaba llena de tierra y sudor, así que pedí a mi compañera ducharme primero para luego tirarme un rato en la cama. Al cabo de una hora nos avisaron que la cena estaba lista y bajamos cual manada desesperada por comida. A la noche teníamos la famosa fiesta bizarra, fue muy divertido ver a mis amigos vestidos de mujer o usando corpiños por encima de la remera, las chicas se ponían ropa de hombre o combinaban prendas que en la vida las usarías juntas. El boliche era muy peculiar, parecía una cueva y tenía demasiadas escaleras ya que contaba con varios pisos ubicados hacia abajo.

En el tercer día despertamos muy temprano y fuimos nuevamente a esos lugares icónicos para tomar fotos grupales a modo de recuerdo. No falto la típica foto con el canino San Bernardo y más tarde nos llevaron a un lago, donde pude tomar la foto más hermosa que se haya tomado en la existencia de las cámaras. N unca había visto un lugar tan bello como ese, agradecí vivir en esta época y poder capturar ese momento.
Luego del tour fotográfico fuimos a hacer canopy, es una actividad donde te desplazas de una plataforma a otra, por medio de un cable de acero y sujetos a un arnés con una polea. El lugar estaba situado en un bosque donde los cables conectaba distintas plataformas ubicadas alrededor de grandes árboles.
Fue de lo más divertido y hasta se nos hizo bastante corto, así que nos dejaron volver a hacer el recorrido.
Cuando llegué al hotel solo deseaba dormir pero por desgracia a la noche tenía la fiesta de disfraces, por ello decidí al menos recostarme y descansar el cuerpo. Al cabo de un rato, cuando estaba logrando dormir suena el teléfono de la habitación, supuse sería alguno de los chicos pero resultó ser un gracioso que no conocía y luego de un rato de evadir sus bromas, logramos entablar una conversación típica hasta que mi compañera se quejo por tanto parloteo y tuve que cortar la llamada. En la noche nos duchamos y preparamos para la fiesta de disfraces, todas las mujeres de mi escuela concordamos en comprar el mismo traje de caperucita roja e ir en conjunto a la fiesta. Sinceramente me aburrí demasiado, aunque el lugar era muy bonito, tenía grandes ventanales que daban vistas a las montañas pero las fiestas no son lo mío así que volví temprano al hotel y me quedé viendo televisión acostada en la cama. Cuando por fin estaba logrando dormir suena el teléfono, atendí con el humor de un anciano cascarrabias y resultó ser el mismo chico que intentó hacerme una broma telefónica. Platicamos hasta que mi compañera llegó y luego no podía dormir pensando que extraño conocer a alguien de esa manera.
La mañana siguiente nos despertaron con la maravillosa noticia de que usaríamos los trajes de nieve, todos estábamos muy emocionados por conocerla y torturarnos con ella. En realidad no quiero desilusionarlos pero no fue la gran cosa, al menos no para mí. Muchos otros lo disfrutaron y hasta lograron meter un poco de nieve en los trajes de otros, toda una hazaña para aquellos chicos con poco coeficiente intelectual.
Cuando regresamos al hotel solo quería tomar una ducha caliente y acostarme bajo el calor de las sábanas. Ni aunque me dieran dinero saldría esa noche, no sufriría el frío nuevamente.
¿Saben ese momento donde odias con todas tus fuerzas a aquellas personas que hozaste llamar alguna vez amigos? No sé cómo lo lograron, pero me arrebataron las sábanas y obligaron a salir para ir al boliche de esa noche. No solo me aburrí, sino que además tuve que cargar con todos esos amigos que creyeron poder tomar una trago que mezclaba muchas bebidas blancas, ¡ni si quiera era rico!, pero ahí me encontraba ayudándolos a subir al colectivo y cuidando que no ensuciaran mi ropa.
Día cinco y aún no había muerto de hipotermia, retiro lo dicho acerca de volver a la ciudad, o al menos no lo haría en esa estación. Parecía que el mundo estaba en mi contra, justo ese día el más frío de todos, nos tocó aprender a esquiar. No les voy a mentir me caí tantas veces que todavía no entiendo cómo salí ilesa, dejando de lado mi torpeza fue una experiencia divertida y además no fui la única que se cayó, entonces pude disfrutar del sufrimiento ajeno. Cuando terminamos de burlarnos de todos, dejamos paso a los siguientes en sufrir y fuimos a merendar.
En la noche lo de siempre, boliche y alcohol pero antes de llegar fuimos a un bar hecho íntegramente de hilo, lástima que no pude tomar fotos, el lugar era increíble, aunque no querrías pasar más de 20 minutos dentro
En el sexto día, no puedo mentirles, era igual a un zombie. Sin exagerar habré llegado a dormir 1 hora y contando los minutos que estiré en bajar a desayunar. Hoy nos tocaba ir a los circuitos de vehículos, era un lugar con obstáculos, charcos y lomas de burro muy pronunciadas por las cuales teníamos que pasar en cuatriciclo. No pudo faltar el típico gracioso que empujaba el vehículo del compañero para intentar desestabilizarlo. La zona era muy bonita, parecía estar en medio de un bosque y nos rodeaba mucha naturaleza, hasta un lago pequeño se podía ver desde el circuito. Luego del paseo motorizado fuimos a una zona donde parecía haber construcciones sin terminar pero que estaban hechas a propósito, para utilizar como protección ya que allí se practicaba el deporte tan aclamado, Paintball. No fue divertido sino lo siguiente a ello, terminamos todos hechos un cuadro abstracto moderno. Lo mejor del viaje y además mi equipo consiguió la victoria, ¿qué más se le puede pedir a la vida? Luego fuimos a la zona de actividades recreativas, probamos una especie de patineta motorizada, saltamos muros y trepamos sogas, rodamos dentro de unas bolas de plástico que estaban sobre el lago y por ultimo merendamos en una cabaña. Ya en el hotel no quería levantarme de la cama, mi compañera fue a la habitación de una de sus amigas así que me encontraba sola mirando la televisión. Y así estuve hasta que llegó la hora de cenar.
A la hora de ir a bailar no me encontraba con ánimos de salir, aunque no contaba con la aparición de mis tan amables amigos que sin pedirme permiso me arrastraron a la habitación para que me cambiara. Esa noche era fiesta flúor y yo no tenía absolutamente nada referido al tema, me vestí de negro y salí a pedir algún accesorio flúor. Por suerte mis compañeras pudieron solucionar el problema y partimos hacia el boliche. Fue una noche como todas las demás o tal vez fue mi poco ánimo sumado a la falta de sueño, no lo sé. Eras las 3 am y ya estaba volviendo al hotel, cuando por fin mi cuerpo tocó las sabanas no hizo falta nada más para sumergirme en un profundo estado de inconsciencia.
Día 7 y último de este maravilloso y extraño viaje, posteriormente al almuerzo nos dirigimos al local donde vendían esta droga tan adictiva, que los humanos llaman chocolate. No hay sabor que iguale al de este maravilloso invento, por lo tanto compre la mayor cantidad que mi dinero me permitía. La tienda estaba situada en una casa antigua, tenía figuras y casas hechas íntegramente de chocolate, por otro sector estaba ubicada la cocina donde mostraban como construían las figuras. Más tarde nos dejaron libres de ir a comprar los regalos o autoregalos que quisiéramos al centro de la ciudad, teníamos como hora de encuentro en el hotel a las 6pm, para luego partir hacia la pista de patinaje en hielo. La misma estaba ubicada cerca del río y contaba con un gran ventanal que daba a una hermosa vista de las montañas y el río.
Llegó la noche y tome la decisión irrevocable de no salir a bailar, para mi fortuna fueron varios los que
A la mañana siguiente con todo preparado y cargado en el colectivo emprendimos viaje. Durante el regreso pude apreciar el paisaje que no presté atención anteriormente, las montañas con sus picos nevados, los campos amarillentos, los lagos y zonas casi desiertas, los bosques en mitad de una ruta. La gran mayoría dormía y los que no, estaban ocupados en otras cosas como para prestarle atención a tan hermoso regalo de la naturaleza, pensando en todo lo vivido en esa corta semana descubrí que de las pequeñas cosas se puede disfrutar y hacer de ellas una gran experiencia.